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Red de Parques Nacionales

Doñana: Valores culturales

  • Marisma. J.M.Reyero

El Parque Nacional y su comarca

El Parque Nacional de Doñana alberga uno de los ambientes más singulares y ricos de España, el humedal, del que es quizás su máximo exponente en Europa. Se asienta sobre la depresión del Guadalquivir y, por tanto, su origen y evolución son producto del cierre y relleno constante del estuario del río.

Doñana y su comarca son tierras llanas encajadas entre las antiguas terrazas del río; de este modo, la ausencia de relieves acusados es el rasgo más distintivo y más impresionante de este territorio. En la inmensidad horizontal de las marismas, las únicas referencias claras son los árboles aislados y las escasas construcciones que aparecen como espejismos en los ardientes veranos.

Este territorio ha acogido durante milenios a sucesivas culturas con una economía basada en el aprovechamiento de las ricas tierras, arroyos, ríos y mar que ofrecían pastos para el ganado, abundante y variada caza y pesca, miel, sal y materias primas para sus herramientas y viviendas.

Los límites o fronteras de Doñana son sus gentes; un variado mosaico humano, repartido hoy día por las poblaciones aledañas y ciertos enclaves del Parque. El hombre ha modelado con su actividad los paisajes de Doñana, a través de unos usos respetuosos con la naturaleza que aportan un alto grado de diversidad a uno de los territorios mejor conservados del viejo continente.

La Historia de Doñana se pierde en las sombras y leyendas lejanas de los T artessos. ¿Estará la mítica T arshish bajo las arenas de Doñana como imaginó Schülten? / ¿serán los ganados marismeños descendientes de los fantásticos toros del rey Gerión?

Durante años la pesca, la agricultura, la ganadería y la caza han caracterizado el talante de este territorio y han propiciado un modo de entender y vivir especial en las gentes de Doñana. De otro lado, su mantenimiento como grandes latifundios en manos de reyes y nobles hasta bien entrado el siglo XIX, y su uso casi exclusivo como cazadero, ha permitido mantener estos lugares prácticamente inalterados y extraordinariamente conservados hasta hoy.

 

Trasiego de gentes

Doñana no puede entenderse sin comprender la íntima relación hombre-naturaleza que ha hecho de este territorio lo que es hoy día.

Ya los primeros pobladores neolíticos que se asentaban en las orillas del antiguo lago descubrieron la infinidad de oportunidades que se les ofrecía. Desde entonces, la pesca, la

caza y la recolección de diversas materias primas han sido actividades cotidianas, tradiciones y costumbres que han marcado modos de vida muy ligados al aprovechamiento de los recursos y una particular manera de entender la convivencia con el medio.

Además de los núcleos de población próximos han habido dos tipos de habitantes en el interior del Parque: los temporales, que se asentaban por períodos más o menos largos para actividades concretas; y los permanentes, en su mayoría guardas de la propiedad y sus familias o arrendatarios de determinados pagos.

Esta población, en épocas muy numerosa, realizaba periódicamente una serie de actividades que les aportaba los alimentos y otros elementos necesarios para sobrevivir. Hoy casi todos estos usos tradicionales han desaparecido, aunque algunos perviven con las inevitables modificaciones que hacen el trabajo más cómodo y rentable.

Antaño se vivía en chozas, algunas todavía en uso, que se elaboraban a partir de vegetación y otros materiales cercanos. Una estructura sólida de madera de sabina, una primorosa cubierta de castañuela o junco, una solería pacientemente elaborada con barro y conchas marinas y algunas arpilleras blanqueadas con cal que aislaban las habitaciones, servían para contruir la casa de familia. La segunda y tercera choza servían de dormitorios en las familias numerosas, en tanto que en la primera se cocinaba y se hacía la vida. El rancho se aislaba de otros con vallas de brezo y en su interior se instalaban gallineros, un pozo/ porches y arriates de flores.

Cerca de las viviendas se concentraban otras chozas más humildes/ de brezo, que servían de cuadras

En los alrededores de estos poblados había huertas, a veces comunales y otras privadas, que los propios pobladores construían excavando pequeños bancales de poco más de medio metro de profundidad y rodeaban de una valla de brezo para evitar que los grandes herbívoros terminaran con la cosecha.

La humedad propia del terreno y la proximidad del agua subterránea/ tocando las raíces de las hortalizas, hacía innecesario el riego, a la vez que permitía varias cosechas anuales.

El complemento proteínico a esta dieta vegetal lo aportaba también el campo.

Cada familia disponía de sus propias colmenas que eran atendidas por los más ancianos. Un cilindro de corcho de los alcornoques era todo el material necesario para instalar los enjambres.

Además de la caza de aves, liebres, conejos y grandes herbívoros, en primavera se recolectaban los huevos de las acuáticas y un poco más tarde, los patos «mancones», a los que la muda de las plumas impide temporalmente volar.

Las grandes monterías se reservaban para los propietarios y sus invitados, así como para otros visitantes ilustres y para los arrendatarios; en estas ocasiones los residentes participaban acorralando la caza o sirviendo de guías y secretarios a los cazadores.

Otra actividad habitual era la pesca, bien en el mar, en el río o en caños y lucios marismeños. Durante décadas las grandes almadrabas atuneras, instaladas a lo largo de la costa por el Ducado de Medina-Sidonia, contribuyeron a crear un modo de vida particular que perduró hasta bien entrado este siglo.

Las salinas, probablemente de origen romano, que aún existen en el interior del Parque, hoy en desuso, permitían extraer la sal necesaria para el consumo diario y ofrecían trabajo a un buen número de personas en las diversas temporadas.

Tareas periódicas como la recolección de espárragos, horquillas, piñas, sanguijuelas..., ocupaban y aportaban ingresos extra para el sostenimiento familiar.