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Sierra de Guadarrama: Historia

  • Siete Picos. A.Moreno

Historia del espacio natural

Las zonas altas de la Sierra han tenido escasos asentamientos de carácter permanente, debido a las duras condiciones invernales. Sin embargo, se conservan restos de vías de comunicación, como calzadas o puentes, que atestiguan cómo, desde antiguo, el paso de la Sierra constituyó una necesidad estratégica para los pobladores de la península.

En los primeros siglos de la Reconquista, todo el Sistema Central constituyó un territorio fronterizo, escenario frecuente de escaramuzas entre musulmanes y cristianos. Seguramente en esa época la zona de la Sierra de Guadarrama debió estar muy poco poblada, al ser asolada frecuentemente por los combatientes.

Con la conquista de Toledo por Alfonso VI, en el año 1085, el río Tajo pasó a marcar la nueva frontera entre los dos territorios, aunque durante algunas décadas las incursiones musulmanas en la Sierra aún fueron importantes.

La ciudad de Segovia pronto destacó como centro clave en el proceso de reconquista y repoblación. A medida que las incursiones musulmanas fueron haciéndose menos frecuentes, el papel militar de la ciudad empezó a tener su réplica en el terreno económico-productivo. La actividad ganadera tuvo una especial relevancia desde un primer momento. Las posibilidades de movilidad que tenían los rebaños convirtieron a la ganadería en la actividad productiva mejor adaptada a la inestabilidad provocada por los conflictos fronterizos. Además, los pastos de las cumbres serranas, disponibles en las épocas estivales, constituían un excelente complemento a los pastos de las tierras de la meseta, que quedaban agostados precisamente en el verano.

Si bien de gran parte de la historia del Guadarrama solo quedan algunas huellas arqueológicas, en el S XIV aparecen dos obras escritas que nos muestran la geografía serrana con bastante fidelidad. Una es el “Libro de buen amor” del Arcipreste de Hita, con sus referencias a los pasos de montaña, a oficios y a costumbres, y la otra el “Libro de la montería”, de Alfonso XI, que describe con gran precisión y minuciosidad, abundantes términos y parajes de estas montañas, relacionados con la caza mayor. Precisamente será la actividad cinegética, junto con la amenidad de los paisajes, la razón que anime a los monarcas a construir casas de campo y palacios de recreo por la Sierra. Austrias y Borbones con las edificaciones palaciegas de Valsaín, San Lorenzo, San Ildefonso o Riofrío aportaron una riqueza exclusiva al patrimonio artístico de esta zona.

El S XVIII trajo importantes mejoras en las comunicaciones entre las dos vertientes serranas. La nueva dinastía Borbónica, en plena Ilustración, promoverá proyectos como el de Fernando VI, que encargó el actual trazado del puerto de Guadarrama (1.511 m), o el de su sucesor, Carlos III, que lo hizo con el del puerto de Navacerrada (1858 m) para sustituir el histórico paso de la Fuenfría.

Dado su carácter de barrera interpuesta entre ambas mesetas la Sierra de Guadarrama sería escenario de batallas tanto en la Guerra de la Independencia (batalla de Somosierra, 1808) como en la Guerra Civil Española, época en la que la Sierra marcó el frente que separaba los bandos republicano y nacional. Por todos estos montes quedan aún abundantes restos de la última contienda.

Desde finales del siglo XIX, se produce otro tipo de acercamiento a la sierra, que favorecido por las nuevas corrientes pedagógicas impulsadas por la Institución Libre de Enseñanza, van a originar el descubrimiento de estas montañas desde la perspectiva del movimiento científico. Naturalistas, geólogos, geógrafos, antropólogos… van a convertir al Guadarrama en una de las montañas mejor estudiadas de España.

 

Historia del Parque Nacional

La reivindicación de la creación de un parque nacional en la Sierra de Guadarrama es antigua. Ya en 1923, apenas transcurridos cinco años de la declaración de los dos primeros Parques Nacionales españoles (Ordesa y Covadonga), la Sociedad Deportiva Peñalara impulsa una campaña a favor de su creación. Reflejo de ella fue el artículo titulado “El Parque Nacional de Guadarrama”, aparecido en el diario madrileño “El Sol” el 6 de mayo de 1923.

Sin embargo, tras las dos primeras declaraciones de Parques Nacionales, el Estado opta por nuevas figuras de protección, consideradas más flexibles y adaptables: los Sitios y Monumentos Naturales de Interés Nacional. Utilizando estas nuevas figuras, se protegen La Pedriza, Peñalara y el Pinar de la Acebeda, declarados Sitios Naturales de Interés Nacional en 1930. A éstos se añade con posterioridad, a iniciativa de la Real Academia Española, la Peña del Arcipreste de Hita.

Es interesante destacar que esas declaraciones constituyen casos pioneros del uso de criterios de representatividad para la selección de espacios protegidos. La Pedriza de Manzanares constituye la mejor representación de los roquedos graníticos de la Sierra; el Pinar de la Acebeda uno de los más impresionantes pinares de pino silvestre; Peñalara, la mejor representación de la alta montaña de Guadarrama.

En todo caso, la reivindicación de una protección más amplia y rigurosa para la Sierra no cae en el olvido: a modo de ejemplo, en 1958, la revista del Club Peñalara publica un artículo de R.Mª Rojas titulado “El Valle de Lozoya y la Pedriza de Manzanares Parque Nacional, Un proyecto que podría hacerse realidad”.

A partir de la década de los 80 se declaran diversos espacios protegidos en el territorio de la Sierra de Guadarrama; en la vertiente madrileña, el Parque Regional de la Cuenca Alta del Manzanares (1985) y el Parque Natural de la Cumbre, Circo y Lagunas de Peñalara (1990) y en la vertiente castellano-leonesa el Parque Natural Sierra de Guadarrama (2010).

Finalmente, en el año 2013 el Congreso de los Dipulados aprueba el Parque Nacional de la Sierra de Guadarrama, con una superficie de 33.960 hectáreas pertenecientes a las Comunidades Autónomas de Madrid (21.714 hectáreas) y de Castilla y León (12.246 hectáreas).